Que los diseñadores gráficos profesionales hacen siempre lo mismo es una afirmación difícil de sostener hasta el final, pero algo tiene. Dicen unos que el diseño gráfico está mediatizado por las herramientas y otros que los diseñadores son como mediadores entre púbico y tecnología, pero lo cierto es que el papel principal del diseño gráfico en nuestra sociedad es hacer de recadero para el entorno empresarial. Y, vista la mala reputación de la empresa en nuestros días (vemos con añoranza un pasado de humana explotación fordista) el diseño gráfico se ve mal.


No me extraña. Prefiero un trabajo amateur con todos sus errores técnicos a un trabajo profesional de impecable composición que nunca conseguirá sorprenderme.
Llevando esto al extremo, prefiero un entorno sin tocar en absoluto por la mano del diseñador. En Pifostio encontramos una de estas espectaculares islas de no intervención que están siendo colonizadas por los diseñadores (como yo) a pasos de gigante a consecuencia de la aplastante belleza interna que desprenden.
Otro saludable ejemplo de esta práctica lo encontramos en el fanzine editado para el proyecto B_top, un trabajo sobre las redes comerciales ambulantes (el top manta). La publicación mantaZine, en su primer número, estaba pensada para informar del proyecto a los propios vendedores ambulantes, en su mayoría inmigrantes ilegales. El diseño gráfico se dejó en manos del impresor (que por el mismo precio hacía impresión y diseño) y así el resultado, de vistosos colores y caóticas composiciones tipográficas, fue mucho más creíble para el colectivo al que se dirigía
Pero llegamos los diseñadores gráficos, nos hacemos con el tono de estas publicaciones y le damos la vuelta a la tortilla. Hacemos cosas bonitas, sofisticadas y defectuosas adrede. No es una crítica, no hay modo de escapar.
El ejemplo más claro que he podido encontrar es la estupenda recopilación Place, de Vasava (ya del 2004). Trabajos de estudios de diseño de todo el mundo imbuidos de alguna manera de cierta artesanalidad en sus métodos y cierta rebeldía hacia la normalización y el servilismo empresarial. Curiosamente se puede establecer un denominador común entre todos: son fácilmente identificables como exponentes de un estilo, una manera de hacer, y las referencias locales que el propio planteamiento del trabajo exigía desaparecen diluidas en un revuelto homogéneo de sofisticada y defectuosa modernidad. Es una pena que no esté en la red para poner ejemplos.
Los diseñadores adoptamos esta manera de hacer del "no diseño" y hacemos anuncios de refrescos y coches, pero en ese momento queda definitivamente pervertido el sentido virginal del que parte su belleza.
Interesante.
Las influencias de la cultura local son, en mi opinión, mucho más frescas y comunicativas que las autoreferencias del diseño globalizado.
Se me ocurren las tipografías digitales basadas en iconografía popular del proyecto "De la gente a la fuente" de Santo tipo o el Proyecto TUP. O los esfuerzos por recopilar iconografía popular de Bogotá de "Popular de Lujo"